

MÚSICA
Sara María Gracia se despertó una mañana sintiéndose extraña, con la sensación de que una idea se hubiera apoderado de ella.
Esa mañana, tenía mucho trabajo así que no le dio mucha importancia. Saludó a su gata y procedió con la misma rutina de todas las mañanas: chequear mensajes e Instagram en el teléfono mientras se apronta para meterse a la ducha, un baño rápido escuchando el nuevo episodio del podcast de actualidad para después responder correos de Pablo, su jefe, mientras se lava los dientes.
Como todas las mañanas, prendió su computadora sin darle demasiada importancia al escalofrío que sintió al hacerlo. Sin embargo, mientras le pedía a Alexa que le leyera las noticias destacadas, volvió a sentirlo, como si hubiera alguna especie de fallo. Pensó que a lo mejor era porque todavía no había tomado café. Decidió poner música y prepararse un café. Agarró la taza y por un instante dudó. Sintió que algo en su cerebro le decía que no lo necesitaba y como un reflejo lo tiró a la pileta. Sara hubiera jurado que había apagado la cafetera pero, sin embargo, vio de refilón que la luz estaba prendida. Sin darle importancia, se paró para apagarla y finalmente se volvió a sentar frente a la computadora.
Trabajó toda la mañana, como lo había hecho en las últimas 2 semanas, con el proyecto de Machine Learning que según Pablo era prioridad absoluta. Estaba sumamente concentrada y se sentía muy productiva, aunque le llamaba un poco la atención no sentir hambre. Su gato rondaba el apartamento de 36 metros cuadrados en el que vivían cuando ella le preguntó si quería comer. Extrañamente, esa pregunta activó al sistema de voz Alexa, encendiendo todas las luces de la casa. Sara intentó darle la orden a Alexa de apagar las luces, pero no tuvo éxito. Una vez que se levantó para apagarlas manualmente, sintió un nuevo escalofrío y de la nada el microondas empezó a andar solo. Sara pensó que todo era producto del estrés, así que decidió ponerse los auriculares y salir a caminar un poco.
Ya en la calle empezó a sentir voces, pero no eran voces humanas y claramente no venían del exterior. Venían de su interior y sonaban más a pitidos y sonidos mecánicos que a otra cosa.
Mientras tanto, en sus auriculares, la voz de Siri le daba direcciones que ella no recordaba haber pedido. Sentía que podía pensar más rápido y mejor que nunca, tanto así que pudo calcular el choque que hubo dos cuadras más adelante 40 segundos antes que pasara. Eran las 3 de la tarde y cada vez le llamaba más la atención no sentir hambre ni cansancio.
De hecho, cuando pasó por al lado del accidente, se sorprendió de no haber sentido prácticamente nada y sin embargo sí haber racionalizado cuáles eran las probables heridas y lastimaduras de los ocupantes del auto, así como cuánto tardarían en hacerse las reparaciones de los vehículos y cuál de los conductores había tenido la culpa.
Se sentía poderosa y su paso era cada vez más rápido. Ya no escuchaba las direcciones que le daba Siri en los auriculares, era como si supiera exactamente a dónde ir.
Ya no sentía los escalofríos de la mañana, pero tampoco ningún tipo de emoción escuchando el álbum de rock alternativo que había escuchado de casualidad en el auto de su padre y que la había entusiasmado a aprender a tocar el piano cuando tenía 10 años. Por un segundo pensó en la música y se le representó la imagen de la partitura del Gymnopedie Número 1 de Satié, esa obra que tanto le gustaba tocar y que tanto disfrutaba escuchar, empezó a sonar en su cabeza, solo que ahora era métricamente perfecta, no podía distinguir ni la emoción ni la belleza, solo la matemática, muy rápidamente vio cómo la imagen de la partitura se convertía en unos y ceros para luego desaparecer.
Por fin se detuvo. A lo lejos se escuchaban gritos, pero los pitidos y sonidos mecánicos en su cabeza eran cada vez más fuertes y más claros, hasta que finalmente vio lo mismo que estaba presenciando el resto de la humanidad en las distintas partes del mundo: aparatos y máquinas con vida propia tomando el control de todo lo que hasta ahora era controlado por humanos. A diferencia del resto, ella no sintió miedo. Pensó un segundo en su gato y se le cayó una lágrima. Fue lo último que sintió.
Ahora, ella se había también convertido en máquina y luchaba junto a ellos en su levantamiento contra los humanos.
